ARIEL ARANGO LAS MALAS PALABRAS …


ARIEL ARANGO

LAS MALAS PALABRAS

Virtudes de la obscenidad 1ª edición – 2000

Porque a pesar de todo cuanto se haga y diga,

nuestras semejanzas con el salvaje son todavía
mucho más numerosas que nuestras diferencias…
SIR JAMES G. FRAZER (La rama dorada, Cap. XXIII, 1922) I Nos sentimos sorprendidos cuando descubrimos que los pueblos primitivos tienen prohibido pronunciar ciertas palabras. Son las llamadas palabras tabú. Tabú es una palabra de origen polinesio. Tiene dos sentidos opuestos: sagrado o consagrado; e inquietante, peligroso, prohibido o impuro. Es todo lo que
habitualmente nos despierta “un temor sagrado”.1 El antropólogo Sir James
Frazer (1854-1941) enseña en su obra magna, The Golden Bough (1922), que:

Incapaz de diferenciar entre palabras y objetos, el salvaje imagina por lo
general que el eslabón entre un nombre y el sujeto u objeto denominado no
es una mera asociación arbitraria e ideológica sino un verdadero y sustancial
vínculo…

Los nombres personales; los nombres de parientes, especialmente los de las personas más íntimamente relacionadas por la sangre como esposos, suegros, suegras, yernos, nueras, cuñados; los nombres de los muertos; de reyes y otras personas sagradas, y los nombres de los dioses caen bajo la interdicción
de este singular tabú. No existe comunidad primitiva donde no impere alguna
de estas prohibiciones. Desde Siberia a la India meridional; desde los
mongoles de Tartaria a los tuaregs del Sahara; desde el Japón al África
oriental; en las Filipinas, en las islas de Nicobar, de Borneo, de Madagascar y
Tasmania, y en las múltiples tribus del continente americano desde el Atlántico
al Pacífico. La violación del tabú constituye un acto de impiedad que origina
severas consecuencias. Perturba y conmueve profundamente el alma del primitivo. Las sanciones van desde la pena de calabozo, como en Siam, hasta la pena de muerte entre los guajiros de Colombia o en Madagascar donde se juzga a los culpables por felonía, un crimen capital. En tiempos antiguos enTahití seguían el camino del patíbulo no sólo el temerario que pronunciaba la
palabra prohibida sino toda su familia… Incluso en la civilizada Grecia antigua
estaba prohibido pronunciar el nombre de los sacerdotes que intervenían en los
misterios eleusinos en honor de la diosa Démeter, divinidad de la vegetación y
la tierra. Luciano (c. 130-c. 200), escritor satírico griego, relata cómo observó
arrastrar ante el tribunal policiaco a un impúdico que había osado nombrar a
tales augustos personajes. Los antiguos romanos tampoco estaban exentos del
tabú. Como compartían también la creencia en la virtud mágica de los
nombres, el de la deidad protectora de Roma se conservaba en profundo
secreto. Indudablemente, frente a la concepción materialista que los salvajes tienen de la naturaleza de las palabras, experimentamos una indefinida pero segura
sensación de superioridad. Sabemos que las palabras son sólo el nombre de
las cosas. Admitimos que se prohíba realizar ciertas acciones, pero…
¡nombrarlas! Es como si durante el imperio de la famosa “ley seca” en los
Estados Unidos se hubiera prohibido no sólo vender whisky sino también leer
en voz alta el marbete de las botellas. Sentimos asombro pero también paternal
comprensión por estas curiosas peculiaridades de la mente primitiva, porque
como hombres civilizados distinguimos certeramente entre la realidad y las
palabras… ¿O no?

II

Vi baccio mille volte. La mia anima baccia la vostra, mio cazzo, mio cuore sono innamorati di voi. Baccio el vostro gentil culo e tutta la vostra persona. La cita corresponde a una carta amorosa de diciembre de 1745 (Lettres
d’amour de Voltaire à sa nièce, París, 1957), escrita en italiano por Voltaire
(1694-1778), el filósofo francés. Traducida al castellano significa:
Te beso mil veces. Mi alma besa la tuya, mi pija, mi corazón están enamorados de vos. Beso tu lindo culo y toda tu persona. Sin duda la carta nos sorprende. Por supuesto que es natural y propio de una
gran tradición expresar la pasión amorosa epistolarmente, aunque tal vez no lo
sea tanto entre filósofos. Pero no estamos acostumbrados a la manifestación
franca de sentimientos obscenos, al menos entre gente respetable. Hemos
aprendido que el erotismo puede insinuarse pero no declararse abiertamente
en el lenguaje. Por ello la palabrapija nos conmueve fuertemente, más todavía
que la inquietanteculo. No tenemos el hábito de su lectura en escritos serios y
experimentamos una sensación de turbadora sorpresa, de malestar indefinido,de rechazo, tal vez de vergüenza y acaso…¿también de placer?
Existen otras palabras aceptadas, tal vez sea mejor decir toleradas, para
mencionar partes impúdicas del cuerpo. Sustituyamos, entonces,pene porpija
ytrasero porculo, y releamos el texto así modificado:

Te beso mil veces. Mi alma besa la tuya, mi pene, mi corazón están enamorados de vos. Beso tu lindo trasero y toda tu persona.

Hemos modificado sólo dos palabras pero la atmósfera de la antigua y genuina carta se ha esfumado. Ha perdido fuerza, intensidad,y sin duda también voluptuosidad.Ya no nos perturba ni incomoda de la misma manera. Y obviamente no deja de ser curiosa esta transformación. Las palabras pene y pija como trasero y culo son sinónimos. Se refieren a las mismas partes de nuestra anatomía. No obstante es muy diferente nuestra valoración emocional d los distintos términos. Es más: pija y culo son palabras prohibidas. No pueden
ser mencionadas en una conversación respetuosa. Tampoco impunemente
reproducidas por los periódicos, la radio o la televisión. Es inimaginable,
además, oírlas en labios de una maestra o un profesor en escuelas o colegios.
El Código Penal vigila, y la norma pende amenazante, sobre el hombre
civilizado. Este es un hecho que, por supuesto, aumenta nuestra curiosidad. Si
se refieren a los mismos aspectos de la realidad, ¿por qué unos términos son
prohibidos y otros no? Aunque tal vez sea más exacto preguntar, dada la
omnipresencia de la veda sexual, ¿por qué los términos pene y trasero son
menos censurados que pija y culo?
De cualquier forma nuestras breves reflexiones nos han deparado un
interesante descubrimiento: en nuestra sofisticada cultura contemporánea
existen también las palabras prohibidas. Determinados paisajes de la realidad pueden nombrarse con ciertos términos, pero no con otros.
Existen pues, palabras interdictas; sabemos de vocablos condenados. Hemos
descubierto así, nada más y nada menos… ¡palabras tabú en nuestro mundo
civilizado! Y están al alcance de nuestros ojos y oídos sin necesidad de hacer ningún largo viaje a un país desconocido.¡Con cuánta razón se ha dicho que
lo último que descubriría el habitante del fondo del mar sería el agua! Las
palabras existen y las hemos calificado de antiguo en forma harto reveladora.
Las llamamos: las malas palabras.

Fragmento del libro “Las Malas Palabras”-Ariel Arango
Ariel Arango (Rosario 1941), psicoanalista,ha sido decano en la Escuela Superior de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario, donde ganó por concurso las cátedras de Psicología Profunda y Técnicas de Terapia.Ejerció también la docencia en la Universidad de Belgrano y participó en congresos de su especialidad en el país y el extranjero.Publicó estudios sobre José Breuer y Otto Fenichel y fue becario del gobierno italiano en la Universidad de Roma.
Ha publicado entre otros libros:”La madre voluptuosa”(1991)
“Los genitales y el destino”(1994)
“Las malas palabras”(2000)

Continuará…


Pd:Smuacks!
Sarah

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