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La Pista de los Dientes de Oro

Posted in C U E N T O S, Cuentos NOVELAS, Cuentos Policiales with tags on 18 septiembre, 2012 by Sarah S

La Pista de los Dientes de Oro
Roberto Arlt

Lauro Spronzini se detiene frente al espejo. Con los dedos de la mano izquierda mantiene levantado el labio superior, dejando al descubierto dos dientes de oro. Entonces ejecuta la acción extraña; introduce en la boca los dedos pulgar e índice de la mano derecha, aprieta la superficie de los dientes metálicos y retira una película de oro. Y su dentadura aparece nuevamente natural. Entre sus dedos ha quedado la auténtica envoltura de los falsos dientes de oro.

Lauro se deja caer en un sillón situado al costado de su cama y prensa maquinalmente entre los dedos la película de oro, que utilizó para hacer que sus dientes aparecieran como de ese metal.
Esto ocurre a las once de la noche.
A las once y cuarto, en otro paraje, el Hotel Planeta, Ernesto, el botones, golpea con los nudillos de los dedos en el cuarto número 1, ocupado por Doménico Salvato.Ernesto ha visto entrar al señor Doménico en compañía de un hombre con los dientes de oro.
Ernesto abre la puerta y cae desmayado.
A las once y media, un grupo de funcionarios y de curiosos se codean en el pasillo del hotel, donde estallan los fogonazos de magnesio de los repórters policiales.Frente a la puerta del cuarto número 1 está de guardia el agente número 1539.El agente número 1539, con las manos apoyadas en el cinturón de su corregie, abre la puerta respetuosamente cada vez que llega un alto funcionario. En esta circunstancia todos los curiosos estiran el cuello; por la rendija de la puerta se ve una silla suspendida en los aires, y más abajo de los tramos de la silla cuelgan los pies de un hombre.
En el interior del cuarto un fotógrafo policial registra con su máquina esta escena: un hombre sentado en una silla, amarrado a ella por ligaduras blancas, cuelga de los aires sostenido por el cuello de una sábana arrollada. El ahorcado tiene una mordaza en torno a la boca. La cama del muerto está deshecha. El asesino ha recogido de allí las sábanas con que ha sujetado a la víctima.

Hugo Ankerman, camarero de interior; Hermán González, portero, y Ernesto Loggi, botones, coinciden en sus declaraciones.
Doménico Salvato ha llegado dos veces al hotel en compañía de un hombre con los dientes de oro y anteojos amarillos.
A las doce y media de la noche los redactores de guardia en los periódicos escriben titulares así:
El enigma del bárbaro crimen del diente de oro.
Son las diez de la mañana.
El asesino Lauro Spronzini, sentado en un sillón de mimbre de un café del boulevard, lee los periódicos frente a su vaso de cerveza.
Pero ni Hugo ni Hermán ni Ernesto, podrían reconocer en este pálido rostro pensativo, sin lentes ni dientes de oro, al verdugo que ha ejecutado a Doménico Salvato.
En el fondo de la atmósfera luminosa que se filtra bajo el toldo de rayas amarillas, Lauro Spronzini tiene la apariencia de un empleado de comercio en vacaciones.
Lauro Spronzini deja de leer los periódicos y sonríe, abstraído, mirando al vacío. Una muchacha que pasa detiene los ojos en él.
Nuestro asesino ha sonreído con dulzura. Y es que piensa en los trances dificultosos por los que pasarán numerosos ciudadanos en cuya boca hay engastados dos dientes de oro.
No se equivoca.
A esa misma hora, hombres de diferente condición social, pululaban por las intrincadas galerías del Departamento de Policía, en busca de la oficina donde testimoniar su inocencia.
Lo hacen por su propia tranquilidad.
Un barbudo de nariz de trompeta y calva brillante, sentado frente a una mesa desteñida, cubierta de papelotes y melladuras de cortaplumas, recibe las declaraciones de estos timoratos, cuyas primeras palabras son:

_Yo he venido a declarar que a pesar de tener dos dientes de oro, NO tengo NADA q ver con el CRIMEN.

El calvo recibe las declaraciones con indiferencia. Sabe que ninguno de los que se presentan son los posibles autores del retorcido delito.Sigue la rutina de las indagaciones elementales, pregunta y anota:

_Entre nueve y once de la noche , ¿dónde se encontraba usted?¿quiénes son las personas que le han visto en el lugar?

Algunos se averguenzan de tener que declarar que a esas horas hacían acto de presencia en lugares poco recomendables para personas de aspecto tan distinguido como el que ellas presentaban.
En las declaraciones se descubrían singularidades. Un ciudadano confirmó haber frecuentado a esas horas un garito cuya existencia había escapado al control de la policía. Demetrio Rubati de “profesión” LADRÓN, con dos dientes de oro en el maxilar izquierdo, después de arduas cavilaciones, se presenta a declarar que aquella noche ha cometido un robo en un establecimiento de telas. Efectivamente tal robo fue registrado. Rubati inteligentemente comprende que es preferible ser apresado como ladrón a caer bajo la acción de la ley por sospechoso de un crimen que NO ha COMETIDO. QUEDA DETENIDO.
También se presenta una señora inmensamente gorda, con dos dientes de oro, para declarar que ella NO es autora del crimen.
El barbudo interrogador se queda mirándola, sorprendido. Nunca imaginó que la estupidez humana pudiera alcanzar proporciones inusitadas.

Los ciudadanos que tienen dientes de oro se sienten molestos en los lugares públicos. Durante las primeras horas que siguen al día del crimen, todo aquél que en un café, en una oficina, en el tranvía o en la calle, muestre al conversar dientes de oro, es observado con atenta curiosidad por todas las personas que le rodean.Los hombres que tienen dientes de oro se sienten sospechosos del crimen; les tranquiliza la soterrada {…}* de los que los tratan. Son raros en esos días aquellos que por tener dos dientes de oro engarzados en la boca, no se sientan culpables de algo.

En tanto la policía trabaja. Se pide a todos los dentistas de la capital las direcciones de las personas que han asistido de enfermedades de la dentadura que exigían la completa ubicación de dos o más dientes en el orificio superior izquierdo.
Los diarios solicitan, también, la presentación a la policía de aquellas personas que pudieran aclarar algo respecto a este crimen de características tan singulares.
Las hipótesis del crimen pueden reducirse en pocas palabras y son semejantes en todos los periódicos.
Doménico Salvato ha entrado en su cuarto en compañía del asesino. Ha conversado en éste, no ha reñido, al menos en tono suficientemente alto como que para no se le pudiera escuchar.
Después el desconocido ha descargado un puñetazo en la mandíbula de Salvato, y éste ha caído desmayado, circunstancia que el asesino aprovechó para sujetarlo a la silla con las cuerdas hechas desgarrando las sábanas. Luego amordaza a su víctima. Cuando recobra el sentido, se ve obligado a escuchar a su agresor, quien después de reprocharle NO se sabe qué, ha procedido a ahorcarlo.
El móvil, no queda ninguna duda, ha sido satisfacer un exacerbado sentimiento de odio y venganza. El muerto es de nacionalidad italiana.

La primera plana de los diarios reproduce el cuarto del hotel en el espantoso desorden que lo ha encontrado la policía. El respaldar de la silla apoyado sobre la tabla de una puerta; el ahorcado colgado en el aire por el cuello, y la sábana anudada en dos partes, amarrada al picaporte de la puerta. Es el crimen bárbaro que ansía la mentalidad de los sectores de dramones espeluznantes.
La policía tiende sus redes; se aguardan los informes de los dentistas, se confirman los prontuarios recientes de todos los inmigrantes, para descubrir quiénes son los ciudadanos de nacionalidad italiana que tienen dos dientes de oro en el maxilar superior izquierdo.Durante quince días todos los periódicos consignan la marcha de la investigación. Al mes, el recuerdo de este suceso se OLVIDA; al cabo de nueve semanas son raros aquellos que detienen su atención en el recuerdo del crimen; un año después, el asunto pasa a los archivos de la policía…El asesino NO es DESCUBIERTO NUNCA.
Sin embargo, una persona pudo haber hecho encarcelar a Lauro Spronzini.
Era Diana Lucerna. Pero ella NO lo hizo.
A las tres de la tarde del día que todos los diarios comentan su crimen, Lauro Spronzini experimenta una ligera comezón ardorosa en la muela. Una hora después, como si algún demonio accionara el mecanismo nervioso del diente, la comezón ardorosa acrecienta su temperatura. Se transforma en un clavo de fuego que atraviesa la mandíbula del hombre, eyaculando en su tuétano borbotones de fuego.Lauro experimenta la sensación de que le aproximan a la mejilla una plancha de hierro candente. Tiene que morderse los labios para no gritar; lentamente, en su mandíbula el clavo de fuego se enfría, le permite suspirar con alivio, pero súbitamente la sensación quemante se convierte en una espiga de hielo que le solidifica las encías y los nervios injertados en la pulpa del diente, al endurecerse bajo la acción del frío tremendo,aumentan de volumen. Parece como si bajo la presión de su crecimiento el hueso del maxilar pudiera estallar como un shrapnell. Son dos dolores fulgurantes, por momentos relámpagos de fosforescencias pasan por sus ojos.

Lauro comprende que ya no puede continuar soportando este martilleo de hielo y fuego que alterna los tremendos mazazos en la mínima superficie de un diente escondido allá en el fondo de su boca. Es necesario visitar a un odontólogo.
Instintivamente, no sabe por qué razón, resuelve consultar a una mujer, a una dentista, en lugar de un profesional del sexo masculino.Busca en la guía del teléfono.
Una hora después Diana Lucerna se inclina sobre la boca abierta del enfermo y observa con el espejuelo la dentadura.Indudablemente, al paciente debe aquejarle una neuralgia, porque no descubre en los molares ninguna picadura. Sin embargo, de pronto, algo en el fondo de la boca le llama la atención. Allí, en la parte interna de la corona de un diente, ve reflejada en el espejo una veta de papel de oro, semejante al que usan los doradores. Con la pinza extrae el cuerpo extraño. La veta de oro cubría la grieta de una caries profunda. Diana Lucerna, inclinándose sobre la boca del enfermo, aprieta con la punta de la pinza en la grieta,y Lauro Spronzini se revuelve dolorido en el sillón. Diana Lucerna, mientras examina el diente del enfermo, piensa en qué extraño lugar estaba fijada esa veta de papel de oro.
Diana Lucerna, como otros dentistas, ha recibido ya una circular policial pidiéndole la dirección de aquellos enfermos a quienes hubiera orificado las partes superiores de la dentadura izquierda.
Diana se retira del enfermo con las manos en los bolsillos de su guardapolvo blanco, observa el pálido rostro de Lauro, y le dice:

_Hay un diente picado. Habrá que hacerle una orificación.
Lauro tiembla imperceptiblemente, pero tratando de fingir indiferencia, pregunta:

_¿Cuesta mucho platinarlo?
_NO; la diferencia es muy poca.

Mientras Diana prepara el torno, habla:

_A causa del crimen del hombre del diente de oro, nadie querrá, durante unos cuantos meses, arreglarse con oro las dentaduras.
Lauro esfuerza una sonrisa. Diana lo espía por el espejo y observa que la frente del hombre está perlada de sudor. La dentista prosigue, mientras escoge unas mechas:

_Yo creo que ese crimen es una venganza…¿Y usted?…
_Yo también. ¿Quién sino aquel que tuviera que cumplir con el deber de una venganza, podría amarrar a un hombre a una silla, amordazarlo, reprocharle, como dicen los diarios, vaya a saber qué tremendos agravios y matarlo?… .Un hombre NO mata a otro por una bagatela ni mucho menos.
Media hora después Lauro Spronzini abandona el consultorio de la dentista.
Ha dejado anotado en el libro de consultas su nombre y dirección, Diana Lucerna le dice:

_Véngase pasado mañana.

Lauro sale, Diana se queda sola en su consultorio, frío de cristales y niqueles, mirando abstraída por los visillos de una ventana las techumbres de las casas de los alrededores.Luego, bruscamente inspirada, va y busca los diarios de la mañana. Los elementales datos de filiación externa coinciden con ciertos aspectos físicos de su cliente. Los comentarios del crimen son análogos. Se trata de una venganza. Y el autor de aquella venganza debe ser él. Aquella veta de papel de oro, fijada en la grieta del diente, revela que el asesino se cubrió los dientes con una película de oro para lanzar a la policía sobre una pista falsa. Si en este mismo momento se revisara la dentadura de todos los habitantes de la ciudad, no se encontraría en los dientes de ninguno de ellos ese sospechosísimo trozo de película. No le queda duda: él es el asesino; él es el asesino y ella debe denunciarlo. Debe…

Una congoja dulce se desenrosca sobre el corazón de Diana, con tal frenesí, hambriento de protección y curiosidad, que derrota toda la fuerza estacionada en su voluntad moral.
Debe denunciar al asesino…Pero el asesino es un hombre que le gusta. Le gusta ahora con un deseo tan violentamente dirigido, que su corazón palpita con más violencia que si él tratara de asesinarla. Y se aprieta el pecho con las manos.
Diana se dirige rápidamente al libro de consultas y busca la dirección de Lauro. ¿Es o no falsa esa dirección? ¡Quiera Dios que NO!… Diana se quita precipitadamente el guardapolvo, le indica a la criada que si llegan pacientes les diga que la aguarden, y sube a su automóvil. Esto ocurre como a través de la cenicienta neblina de un sueño, y sin embargo, la ciudad está cubierta de sol hasta la altura de las cornisas.
Una impaciencia extraordinaria empuja a Diana a través de la vida diferenciada de los otros seres humanos. Sabe que va al encuentro de lo desconocido monstruoso; el automóvil entra en el sol de las bocacalles,y en la sombra de las fachadas; súbitamente se encuentra detenida frente a la entrada obscura de una casa de departamentos, sube a la garita iluminada de un ascensor de acero, una criada asoma la cabeza por una puerta gris entreabierta, y de pronto se encuentra…Está allí, de pie, frente al asesino que, en mangas de camisa, se ha puesto de pie tan bruscamente, que no ha tenido tiempo de borrar de la colcha azulenca de la cama la huella que ha dejado su cuerpo tendido.
La criada cierra la puerta tras ellos. El hombre,despeinado, mira a la fina muchacha frente a él.
Diana le examina el rostro con dureza, Lauro Spronzini comprende que ha sido descubierto; pero se siente infinitamente tranquilizado. Señala a la joven el mismo sillón en que él, la noche después de ahorcar a Doménico Salvato, se ha dejado caer, y Diana, respirando agitada, obedece.
Lauro la mira, y después , con voz dulce, le pregunta:

_¿Qué le pasa, señorita?

Ella se siente dominada por esta voz; se pone de pie para marcharse; pero no se atreve a decir lo que piensa. Lauro comprende que todo puede perderse: los desencajados ojos de la dentista revelan que al disolverse su excitación sobreviene la repulsión, y entonces dice:

_Yo soy quien mató a Doménico Salvato.Es un acto de justicia, señorita. Era el desalmado más extraordinario de quien he oído hablar. En brindis -yo soy italiano-, hace siete años, se llevó de la casa de mis padres a mi hermana mayor. Un año después la abandonó. Mi hermana vino a morir a casa completamente tuberculosa. Su agonía duró treinta días con sus noches. Y el único culpable de aquel tremendo desastre era él. Hay crimenes que NO se deben dejar sin castigo. Yo lo desmayé de un golpe, lo amarré a la silla, lo amordacé para que no pudiera pedir auxilio, y luego le relaté durante una hora la agonía que soportó mi hermana por su culpa. Quise que supiera que era castigado porque la ley no castiga ciertos crimenes.
Diana lo escucha y responde:

_Supe que era usted por las partículas de oro que quedaron adheridas en la hendidura de la caries.

Lauro prosigue:

_Supe que él había huido a la Argentina, y vine a buscarlo.
_¿No lo encontrarán a usted?
_No; si usted no me denuncia.

Diana lo mira:

_Es espantoso lo que usted ha hecho.
Lauro la irrumpió, frío:

_La agonía de él ha durado una hora. La agonía de mi hermana se prolongó las veinticuatro horas de treinta días y treinta noches. La agonía de él ha sido incomparablemente dulce comparada con la que le hizo sufrir a una pobre muchacha, cuyo único crimen fue creer en sus promesas.

Diana Lucerna comprende que el hombre tiene razón:

_¿No lo encontrarán a usted?
_Yo creo q NO…
_¿Vendrá usted a curarse mañana?
_Sí, señorita; mañana iré.

Y cuando ella sale, Lauro sabe que NO lo DENUNCIARÁ.

Roberto Arlt

Roberto Godofredo Christophersen Arlt
Hijo de un inmigrante prusiano y una italiana, nació en Buenos Aires el 2 de abril de 1900, aunque esta fecha es discutida.
Novelista, Dramaturgo, Cuentista, Periodista e Inventor. Su primera novela “El Juguete Rabioso”(1926) apareció fragmentada en la revista “Proa” fundada por el grupo literario encabezado por Jorge Luis Borges.
En esa misma época comenzó a escribir para los diarios Crítica y El Mundo, donde diariamente publicó sus célebres columnas Aguas Fuertes Porteñas. En 1935 viajó a España y África enviado por El Mundo, y desde allí compuso la serie de artículos titulada Aguas Fuertes Españolas.
Además de su creatividad como escritor, Arlt buscó constantemente hacerse rico como inventor, aunque NO tuvo éxito. Llegó a formar una sociedad con el actor Pascual Naccaratti, instalar un pequeño laboratorio químico e incluso patentar unas medidas reforzadas con caucho, aunque nunca llegaron a venderse.
Murió de un ataque al corazón, en Buenos Aires el 26 de julio de 1942

Entre sus obras memorables se llevaron al teatro: Trescientos Millones, Saverio el Cruel, El Fabricante de Fantasmas, La Isla Desierta, África, La Fiesta de Hierro.
Luego de su muerte se estrenaron adaptaciones de sus cuentos o novelas, como El Desierto Entra En La Ciudad, Prueba De Amor, El Amor Brujo, Los Siete Locos, Saverio El Cruel, La Fiesta Del Hierro, y El Jorobadito. También en cine se rodaron adaptaciones de sus obras, como Noche Horrible, El Juguete Rabioso y Pequeños Propietarios.

Beijos
Sarah 😉

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Tiempo de Puñales

Posted in Cuentos NOVELAS, Cuentos Policiales, LITERATURA with tags on 5 mayo, 2011 by Sarah S

Tiempo de Puñales
de Norberto Firpo

No hacía calor.Era apenas el hálito de un verano en acecho. Era la tarde del 12 de noviembre de 1953 y Sergio Kuperman había salido del hotel llevando en el bolsillo de su chaqueta un telegrama que hasta entonces había guardado entre sus cartas y recortes de periódicos.Estaba fechado en Salta el 12 de noviembre de 1951, es decir, exactamente dos años atrás. Decía tan solo esto: “Tu hermano Sebastián ha muerto”, y firmaba un compañero de Sebastián a quien él conocía.
Lo leyó otra vez y sonrió porque se le había ocurrido una magnífica idea. Cuidadosamente rompió un extremo del papel_apenas lo necesario y de forma que pareciese accidental_para hacer desaparecer la constancia del año y que sólo se leyera “12 de noviembre de…”
Después anduvo un rato por el pueblo, un nostálgico pueblo de llanura, blanquecino y polvoriento, aferrado como un viejo maniático a sus dolores tradicionales.El circo había llegado e instalado su carpa no muy lejos de ese esbelto edificio de dos cuerpos, algo realmente insólito en aquel escenario de adobes chatos, transitado de paisanos somnolientos y de gallinas y caballos flacos a medio calcinar.
Sergio Kuperman llegó al hotel a la hora de la cena. Compartía su cuarto del tercer piso con Leonardo Trauves, el trapecista, a quien encontró frente al espejo,luciendo ya sus mejores galas porque esa noche en una residencia de las afueras le ofreciean una fiesta a los componentes de la troupe.

_¿Todavía así? ¿Cuándo te vestís? Debemos bajar a comer y…
_Ya mismo, ya mismo. Ocúpate de apurar a Ludmila, mientras.
Trauves dio los toques finales a su moño.

_Voy para allá.

Y apenas lo hubo dejado solo, Sergio Kuperman hurgó en las valijas hasta dar con un tubo de somníferos, cuyo contenido reemplazó por dos analgésicos vulgares. Luego colocó el tubo en un compartimiento de la mesita de luz que mediaba entre las dos camas. Se vistió apresuradamente y bajó.
Justamente debajo de su cuarto, en el segundo piso, se hospedaba Ludmila Pavlova, la ecuyère, una bonita muchacha de cabellos rubios y sonrisa fresca, grácil como una espiga y tan leve que a más de uno le pareció la materialización del candor . En las funciones irrumpía en la arena luciendo una ajustada malla de lentejuelas multicolores, montando garborosamente un bien alimentado pony rojo. Además de poner en funcionamiento el ventrículo becqueriano del corazón de los hombres, Ludmila cumplía otra función ( aunque no ya tan artística):era la amante de Eric Reagan.
Sergio Kuperman sabía que ella no concurriría a la fiesta de esa noche , precisamente porque el viejo Eric le había prohibido ir. Pero igualmente se mostró sorprendido cuando entró en la habitación de Ludmila, que terminaba de arreglarse,y Trauves le adelantó.

_¿Sabés que ella no viene?
Le fue fácil llegarse hasta el radiador de la calefacción y abrir al máximo la llave que permitía el acceso de calor.

_No, no iré. Estoy muy cansada.

De paso comprobó satisfecho que estaban las ventanas cerradas.
Cenaron. Sergio Kuperman se levantó antes que los demás y se dirigió al hall de entrada. Con toda naturalidad simuló extraer cierta correspondencia de su casillero, simuló leerla y, cuando advirtió que alguien se acercaba , hizo de cuentas que una gran aflicción acababa de aplastarlo.
Trauves y Cordeiro, el tramoyista, no tardaron en participar de su abatimiento. Su angustia era tan evidente que muy pronto se convirtió en el eje de la rueda de la solidaridad y no del todo resignado soportó apretones de manos, palmoteos, y frases de consuelo.

_Sebastián…¡Pobre hermano!

En realidad, la seguridad de que todos, absolutamente todos, ignoraban que la muerte de su hermano había ocurrido dos años atrás, dio a Sergio Kuperman fuerzas suficientes para llevar adelante su tragedia.
Por un momento tuvo una visión: se vio en un gran escenario, envuelto en sedas negras, calavera en la diestra y el rostro empolvado, declamando “That is the question…”.
El viejo Eric, interesado y hermético como era, ni siquiera se distrajo un minuto en amables falsedades .

_Vaya a dormir, Sergio _le dijo_. Mañana haremos función especial y es necesario que usted se encuentre perfectamente. Su hermano ha muerto. Es un hecho consumado. En cambio la función es mañana y debe salir bien…

Sergio Kuperman se excusó ante sus amigos y les pidió encarecidamente que NO perdieran la fiesta por él. Hubo vacilaciones , murmullos, tironcitos de conciencia, que cómo lo iban a dejar solo, pero finalmente y como era de esperar todos se fueron, excepto Cordeiro, que lo acompañó hasta su habitación, y Ludmila y Eric Reagan, que se pusieron a jugar a los naipes, como todas las noches, antes de irse a dormir.
Ni bien llegó a su cuarto, Sergio Kuperman se echó sobre la cama y le pidió a Cordeiro que le alcanzara el tubo de sedantes.

_No abuses…

_Los necesito para dormir.

Le trajo un vaso de agua y Kuperman ingirió los dos analgésicos.
_ ¿Dos?_insistió el amigo_ Con uno tenías asegurado un sueño de diez horas…

Cuando el tramoyista se fue y Sergio Kuperman volvió a quedar solo, fresco y más despierto que nunca, repasó calmosamente los detalles de su plan. Y algo más: del insondable archivo de su mente extrajo el recuerdo de su amor por Ludmila. Sí, en efecto, no era ese el momento indicado para historiar un tonto romance, una cosa terminada para siempre, pero NO podía olvidar que arrullos, caricias y las promesas dieron origen a un seguro recíproco ajustado a una cláusula más seductora que Ludmila misma: cualquiera de los dos que muriese daba ocasión al sobreviviente a alzarse con una pequeña fortuna.
Como él se encargó siempre de pagar las cuotas, ella se olvidó muy pronto de su existencia.
Preguntó, sí, por él alguna vez, pero Sergio Kuperman eludió la respuesta y ella sin duda imaginó que la póliza había perdido vigencia.
Sonrió maliciosamente. A través de la ventana observó que era una noche espléndida, serena.
Pensó con alegría que las puertas de las habitaciones, que daban al pasadizo, no podían ser abiertas del lado de afuera, que se necesitaba llave para ella y que Trauves , que tenía una, no volvería en menos de tres horas.
Entonces abrió su ventana y se deslizó al exterior . La sombra lo tragó inmediatamente.
El hotel estaba casi desierto y todo el silencio del universo se aplastaba contra la tierra como si quisiera poseerla y fecundarla en soledad.
El 12 de noviembre de 1951, bajo una vieja lona de circo, murió el hermano mayor de Sergio Kuperman. Estaba componiendo los aparejos de un trapecio, a veinte metros de altura, cuando perdió pie y cayó al vacío.Fue a golpear exactamente sobre la cama de púas en que solía ejercitarse el faquir, aunque _dicho sea en honor a la verdad _ hubiera muerto lo mismo de haber caído sobre la arena de la pista.
El hecho ocurrió en horas de la mañana y sin que nadie pudiera presenciarlo.
Quienes lo descubrieron encontraron su cuerpo mortalmente lacerado por los clavos y encima suyo, en lo alto, un trapecio falseado balanceándose suavemente.
Sebastián había sido para Sergio un amigo y un maestro, y lo lloró en aquellos días en que realmente recibió el telegrama del compañero.
Pero en los dos años transcurridos, Sergio Kuperman había ingresado también él a una troupe y había aprendido a aceptar como un azar lógico el perder pie en un momento cualquiera y provocar, por fin, el gozo del público.
Ahora ya no sentía escrúpulos y se había aprovechado de aquel telegrama que guardaba celosamente entre recortes de diarios, porque era el punto de arranque de una sutil combinación que esa noche culminaría… A fe de Sergio Kuperman , esa noche él cometería un crimen perfecto.
Aferrándose a las salientes de la construcción descendió hasta el piso inmediato. El cuarto de Ludmila. A través de la ventana escrutó la sombra interior y comprobó que no había nadie. Ella estaría todavía jugando a los naipes, una partida tras otra, aburriéndose más y más, porque ése era parte del premio que se le exigía para lucir las lentejuelas y figurar en las carteleras y disponer de unos pocos pesos.
Del costado de la ventana arrancaba un cable de acero que atravesaba el vacío entre uno y otro block del edificio. Un tenso cable de acero…Sergio Kuperman, el equilibrista, debería realizar el mismo número de todos los días, sólo que esta vez esperaba que fuera sin público.
Cruzó lentamente, llegó al otro extremo y se detuvo sobre la otra cornisa. De nuevo echó un vistazo a la ventana que tenía enfrente ( ella no tardaría en llegar,el viejo Eric le daría un beso paternal y se iría) y a la de arriba, la suya, un nido negrísimo al que pronto regresaría. Por debajo se extendía el solitario jardín.
A Sergio Kuperman se le ocurrió que todo cuanto lo rodeaba_ el jardín, las paredes blancas, la noche, un silencio tachonado de grillos _ participaba de su expectación, se aliaba en su favor con los nervios duros y el corazón redoblante. Perpetrar un crimen era nomás una extraordinaria aventura.
Ludmila apareció de golpe. Encendió la luz y Eric Reagan la beso en la frente , y de inmediato se fue. Sergio Kuperman se puso los guantes. Ella cerró la puerta, dio dos pasos, algo la sorprendió. Un contratiempo: vaciló un instante y luego, resueltamente, corrió al calefactor y cerró la llave.
¡ Ese endemoniado calor! Ludmila Pavlova había nacido y se había criado al pie de los Alpes transilvanos, entre la nieve, y tanto la había curtido el jadeo helado de la estepa que ahora aborrecía el calorcillo sofocante que irradiaban esas máquinas… Ludmila sorprendía a sus compañeros durmiendo con las ventanas abiertas aun en las noches más destempladas del invierno. No, por más que se burlaran NO soportaba el calor.
Abismo por medio, Sergio Kuperman había tomado todas las providencias. En su mano centelleaba ya un acero. Contuvo la respiración: Ludmila caminaba hacia la ventana _que se abría por dentro; una de esas hojas deslizables, como las del tren, que sólo pueden ser accionadas desde el interior_, un par de metros que a él le parecieron kilómetros.
Cuando ella abrió por fin la ventana y se dispuso a inhalar la primera bocanada de aire fresco, un puñal , diestramente lanzado, hendió el espacio y fue a herirla al cuello. (“En la garganta_ había pensado Sergio Kuperman_, para impedir que grite”.)
Ludmila cayó de bruces y simultáneamente se cerró la ventana, ya que el impacto NO le había dado tiempo a asegurarla a los soportes.
Profunda calma. Antes de volver a atravesar el hueco, Sergio Kuperman constató que nadie había presenciado el espectáculo de su crimen. Se detuvo unos segundos en la ventana de su víctima, lo suficiente para comprobar que yacía muerta y que todo había salido bien. Se encaramó a su habitación y entonces sí , cumplida la faena, tomó un somnífero y se echó a la cama.
Todo había salido bien, en efecto, y la suerte le había sonreído.
Tembló por su audacia cuando pensó que alguien hubiera podido verlo desde otras ventanas y dar la voz de alarma; que pudo haber caído al vacío , sobre todo porque en la sombra apenas veía el cable que debía pisar ; que cabía la posibilidad de que NO acertara con el lanzamiento del cuchillo (habilidad que ignoraban en el circo y para la que se había estado adiestrando secretamente) , y, en fin, que la muchacha pudo no haberse conducido tal como lo hizo y como él lo había calculado.
Lo que NO hizo Sergio Kuperman antes de caer dormido fue analizar si Ludmila merecía tal fin. Aunque él creía que los merecimientos humanos son algo tan superfluo que no valía la pena tener en cuenta.
Mejor era NO ocuparse de ellos sino para gastar bromas o para establecer el grado de disociación con la justicia que debería regir al hombre, vía Dios.
A la mañana siguiente el hotel se llenó de señores de impermeable que se paseaban por los pasillos y el jardín y miraban por el rabillo del ojo, como si en la telaraña del techo o en las colillas dispersas por doquier o detrás del cortinado estuviese la clave del enigma.
La policía se veía apurada frente a un crimen inteligentemente urdido, a uno de esos crímenes que casi NO suceden en la realidad y que uno sólo puede ver en el cine o leer en las revistas especializadas, pero no enalteciendo las columnas rojas de los periódicos.
¡El crimen perfecto! Mientras Sergio Kuperman deslizaba los guantes de látex entre los trapos que utilizaba el lanzador de cuchillos, lamentó la mezquina gloria a que podía aspirar un intelectual como él.
Se sentía un poco artista, un poco escultor o poeta, puesto que entregaba su obra al arbitraje de un público ávido de crónicas horrendas.
Un crimen perfecto despierta admiración después de todo, y esta idea lo deleitó íntimamente.
Un placer hormigueante lo enardeció en secreto y lo estimuló cuando, esa misma tarde, debió comparecer ante el comisario Baliari.
Baliari era un tipo plácido, como el paisaje. Estaba identificado con el villorrio y con la llanura; era un hombre solariego y tenía cara de haberse levantado recién de una larga siesta. Sin embargo era un policía astuto. Le había dicho a un oficial que llamase a ese Kuperman y eso significaba que había pescado una punta de la madeja y que pronto llegaría a la otra.
_ ¿Me buscaba?
Allí lo tenía enfrente suyo Ése era. Lo estudió un rato antes de abrir la boca.

_ A sus órdenes.
_ Le agradezco…Explíqueme entonces cómo hizo.
Sergio Kuperman tuvo un escalofrío.

_No sé de qué me habla _ exclamó, tratando de aparentar otro tipo de sorpresa.
_ Los demás estaban lejos de aquí, en la fiesta.
Baliari se mostraba cruelmente parsimonioso.
_No todos, No todos…Además eso NO significa…
_No puede ser sino usted. He hablado con algunas personas…Con el dueño del circo, con Leonardo Trauves, con un hombrecillo llamado Cibernelli…¿Lo conoce?
_Es el lanzador de cuchillos.

El comisario lanzó una sonrisa imperceptible.

_Le falta un dedo en la mano derecha, ¿no es cierto?

Sergio Kuperman asintió con la cabeza. El comisario encendió un cigarrillo y se entretuvo observando las volutas de humo. Kuperman estaba convencido, pese a todo, que ningún detalle se le había escapado, que nadie lo había visto y que lo único que intentaba el policía era sondearlo para dar con una pista definitiva.

_Si usted deja de representar la farsa de la sospecha _ dijo, más tranquilizado _ Yo podré ayudarlo y colaborar con esos señores de pipa que van y vienen por el hotel, sin conseguir otra cosa que tropezar entre sí.
_ Sucede , señor Kuperman _ Baliari se repantigó en su sillón de cuero y adoptó un patriarcal aire de filósofo _, sucede a veces que entre dos acontecimientos que no guardan una relación recíproca , la providencia tiende una línea de contacto, y que hechos dispares , inconexos, separados por tiempo y distancia , se ven de pronto mancomunados por una especie de fatalismo. Quizá no me entienda , señor Kuperman…

_ No, no lo entiendo.

_ Naturalmente. Antes quizá sea conveniente aclararle cuáles son los motivos por los cuales me inclino a creer en su culpabilidad.

Sergio Kuperman se preguntó ahora si el comisario estaría tratando de hacerle perder la cabeza. Lo único que temía era que sus maneras calmas consiguieran exacerbarlo. En el mismo tono el comisario continuó:
_ Me enteré del fallecimiento de su hermano_ dijo, sin mover casi los labios_ y que usted recibió un telegrama con tan mala noticia.

_ Así es.

_ Pero eso sucedió realmente hace un par de años. Me he informado en el correo, esta mañana, y allí nada saben respecto de ese mensaje. Es muy raro, ¿no le parece?_ Kuperman no pudo evitar un estremecimiento_. Además, con seguridad habrá perdido el formulario que mostró ayer a sus compañeros.

_Sí, lo he extraviado.

_Claro… _ Bailari aspiró de nuevo su cigarrillo. La expresión de su rostro se alteró súbitamente _. Le valdría más confesar que su hermano ha muerto exactamente el 12 de noviembre de 1951. Abreviaríamos mucho, señor Kuperman.

El comisario supo que frente a él había un hombre acorralado que posiblemente mereciera algunas satisfacciones. Explicó:
_ Hace algunas semanas, casualmente, Ludmila manifestó a Eric Reagan que aprovechando un viaje a la ciudad había concurrido a cierta compañía de seguros, y que allí le informaron (para su sorpresa) que los pagos de su póliza se hallaban al día. Por supuesto, esto no prueba nada…Como tampoco que acabamos de hallar en el carromato de Cibernelli un guante de látex correspondiente a la mano derecha y que, sin duda alguna, ha sido utilizado recientemente por alguien a quien NO le falta el dedo anular.

Sergio Kuperman, que había empalidecido un rato antes, frunció el ceño.
_ ¿Cómo lo sabe?

_ Porque los guantes de látex del señor Cibernelli, mano derecha, conservan el talco en el hueco correspondiente al dedo que él ha perdido.
Es un detalle, claro…

Bailari fabricó una pausa aplastando la colilla del cigarrillo en el cenicero; una pausa que Kuperman aprovechó como el comisario esperaba: dándose por vencido.
_ Ahora cuéntenos cómo lo ha hecho… En verdad, no tengo dudas que fue usted, pero no acierto a comprender de qué manera lo ha logrado. Un crimen en habitación cerrada es algo que no se ve todos los días…

_Dígame antes cómo dio tan fácilmente conmigo_ masculló Kuperman.
La mofletuda cara del comisario por poco se tiñe de rubor.

_ Oh, bueno…La muerte de su hermano era una buena excusa para llevar adelante su plan. Una buena coartada, es cierto. Pero usted ignoró que la policía no podía olvidar que aquello sucedió en 1951. Imposible olvidarlo por una circunstancia muy especial: porque su hermano fue asesinado.

Sergio Kuperman pegó un brinco y se echó casi sobre la displicente humanidad del comisario. El escribiente y el cabo de guardia levantaron la vista.
_ ¿Asesinado? ¿Ha dicho?

_Sí, eso he dicho. Y usted comprenderá que la policía debió mantener en secreto por una simple razón de principios. Su hermano Sebastián cayó sobre un lecho de púas, en efecto, pero no por mero accidente, como se dijo, sino porque fue herido mientras arreglaba un trapecio, a veinte metros de altura. La pericia pudo determinar que entre múltiples heridas que le produjeron los clavos, había una de características totalmente distintas. Puede suponerse que fue apuñalado allá arriba y que por lo tanto estuviera muerto antes de estrellarse. El arma criminal despareció, como era de esperar.

El comisario se puso de pie y se paseó por el salón. Sergio Kuperman, que pensaba en su hermano (su amigo y su maestro), hundido en su asiento, tenía toda la apariencia de un hombre abatido.

_ Por eso le hablaba de las líneas de contacto y del fatalismo que encierran ciertos hechos. En este caso, dos crímenes sin relación aparente, esconden la clave de un enigma que, para serle franco, soy incapaz de desentrañar. ¿Cómo lo hizo, señor Kuperman?

Pero el hombre abatido pensaba en su hermano…Y hasta se diría que un atisbo de redención relampagueaba en sus ojos. Cuando habló, luego de un rato, su voz tenía la cadencia de un lamento.

_Dígame por lo menos quién lo mató…

El comisario Baliari interrumpió su paseo, también él preocupado.
_Se lo diría con mucho gusto_ exclamó_, pero lamentablemente creo que ése sí ha sido un CRIMEN PERFECTO.

Norberto Firpo: Es conocida la trayectoria de Norberto Firpo, nacido en Argentina, como periodista & escritor.
Durante los años de publicación de la revista “Vea y Lea” fue un activo colaborador, no solamente con el aporte de sus cuentos policiales,sino también como Director de la Sección Policial.
También fue Secretario de redacción de la revista “Primera Plana”,Director de Siete Días y columnista de humor. Actualmente es Secretario de redacción del diario La Nación.

Este cuento trata uno de los tópicos clásicos del relato policial: el crimen en un cuarto cerrado, cuyo origen está en el primer cuento que Edgar Allan Poe escribió en el género: “Los crímenes de la calle morgue”

Pd: Disfrútenlo! Descubrí la obra, buscando material d trabajo para Lucho y terminé quedándomela shop :p

Beijos

Sarah